inteligenciacolectiva

No encuentro mejor explicación de los inciertos tiempos actuales que esta frase del socio-biólogo Edward O. Wilson: “El ser humano tiene emociones del Paleolítico, organizaciones medievales y tecnología divina”. En este triángulo de palancas de cambio, uno de los vectores está propulsado hacia el infinito, mientras los otros dos apenas esbozan una intención de cambio. 

Las relaciones entre los tres elementos están marcando el devenir del ser humano en esta nueva Era del Conocimiento. Todos los estudios de tendencias de futuro, basadas en la tecnología, apuntan que el camino a seguir transitará por la Inteligencia Artificial basada en datos y las blockchain. En cierta forma, estos trailer de quienes lo confían todo a la tecnología nos muestran una ruptura total con las emociones y las organizaciones. 

La llamada Inteligencia Artificial, el imperio de los algoritmos y la automatización, pretende prescindir de los sesgos del ser humano para apartarlos de la toma de decisiones, evitar sus errores, y que el crecimiento sideral de la tecnología no se lastre por las emociones. 

A la adolescencia digital le incomodan las reglas y prohibiciones. La regulación les sienta tan mal como la madre que entra gritando con órdenes para limpiar la habitación. Estamos de lleno en esa difícil etapa del crecimiento, de conflictos permanentes, entre las infinitas posibilidades de un mundo nuevo y las ansias de control del anterior. El descubrimiento contra la nostalgia.

La tecnología es, curiosamente, la principal impulsora de la auto-organización. El sistema blockchain tiene en su ADN la descentralización, el código abierto y la ausencia de jerarquías. Fomentan las llamadas DAO, Organizaciones Autónomas Descentralizadas, una revolución de las organizaciones, con total transparencia, nuevas formas de votar y gestionar. Paradójicamente, esa falta de jerarquía se propicia más para las computadoras que para las personas.

Definidos los dos lados del triángulo que parten del vértice de la tecnología, queda por conocer cómo son las relaciones entre las organizaciones y las emociones. Eran el gran elefante en la habitación del que nadie quería hablar. Al llegar a trabajar, las emociones se aparcaban en la puerta. Aunque, el marketing, las ventas o la atención al cliente basan su efectividad en conocer y manejar las emociones. 

Son numerosos ya los estudios que reflejan que el grado de avance de una organización depende de la evolución interior de su máximo dirigente. El libro más influyente de la década pasada, Reinvertar la organizaciones, de Frederic Laloux, toma como punto de apoyo esa idea. Las emociones, de nuevo, condicionando la forma de gobierno de las organizaciones.

En la evolución del ser humano hemos entendido las organizaciones como manadas de lobos, ejércitos, máquinas, familias y, muy recientemente, como seres vivos. Todavía el paradigma dominante sigue siendo el de gestionar un engranaje para que sea más eficiente, sin atender a las emociones.

El libro de Laloux popularizó la idea de transformar las organizaciones, como apoyo a su digitalización, que se ha acelerado con los confinamientos forzosos de la pandemia. En el último lustro, son muchas las organizaciones que quieren y se han embarcado en procesos de cambio para auto-organizarse, el estadio más elevado de organización, de manera que la tecnología mejore aún más su propulsión. Pero, los datos dicen que el 70% de estas transformaciones fracasan en el intento. ¿Por qué? Sin sacar las emociones del armario, es realmente difícil. 

Las máquinas, las computadoras, hace tiempo que superaron a los seres humanos en hacer las cosas bien, pero, en absoluto saben lo que están haciendo. De manera que son un reemplazo a quienes buscaban mano de obra sumisa y barata. Las organizaciones basadas en los datos serán muy eficientes, pero completamente mecanicistas. Les falta un propósito, aunque lo quieran camuflar con eslóganes comerciales o campañas de responsabilidad social corporativa. El llamado nuevo trabajo, las nuevas organizaciones teal, se gestionan no desde los datos, sino desde la búsqueda de la plenitud de las personas.

La pregunta, entonces, sería ¿por qué no comenzamos a conocer, gestionar y respetar las emociones, tanto propias como ajenas? O mejor dicho: ¿por qué no cambiamos nuestra sociedad para incluir a las emociones?

Porque eso supondría luchar contra dos dragones. El primero, la educación; ese eufemismo que generalmente empleamos para no llamarlo por lo que realmente es en la actualidad: adoctrinamiento (da igual la ideología en la que te sientas con mayor comodidad). El segundo, esa sociedad de consumo que promueve personas con grandes carencias y necesidades que sólo rellenan temporalmente a golpe de tarjetas de crédito. 

De manera que nos conformamos con lo que , con gran acierto y belleza, Eduardo Galdeano definió como “una cultura del envase, que desprecia el contenido”. Y nos perdemos, con todos su acelerones y distracciones, en una cultura simplista, de menos de 140 caracteres, que resumiría todo lo anterior como si se tratase de un político en campaña electoral: hombres o máquinas.

“La gente que se esconde de su propio mundo interior y moldea su vida diligentemente de acuerdo a las normas sociales, lo hace para evitar problemas. Pero esconderse del lado oscuro de la mente no desactiva la amenaza”.

Deepak Chopra

Y es esta visión maximalista, en la que necesitamos colocar a todo y a todos en algún bando, la que no nos deja enterarnos de las enseñanzas que nos ha venido a traer el año 20.

En este punto, la tecnología se presenta como salvadora. El fundamento de la Inteligencia Artificial es que funciona mejor con más datos. Sucede lo contrario que con las personas, que, partir de cierta cantidad de información, nos bloqueamos. Para los algoritmos, la suma de todos, multiplica. Cuanto mayor sea la cantidad de datos de los que se alimente, más preciso es. 

Eso es lo que ha impulsado la inclusión de la tecnología en todos los sectores de la vida. Pongamos por caso la telemedicina, que ahora permite que los datos de nuestra salud no sólo los tenga nuestro médico, sino todos los médicos del mundo. Todo ese conocimiento compartido también acelera el hallazgo de soluciones y la erradicación de enfermedades, como hemos comprobado con las vacunas. 

Las organizaciones que eliminan controles y jerarquías, dando voz al conjunto de personas, están aprovechando la sabiduría de la inteligencia colectiva de las personas, como los algoritmos. Esa es la base del nuevo orden social, en el que convivirán seres humanos y máquinas, que se inspirará en la Naturaleza, y que contribuirá a su regeneración. 

Las organizaciones que están teniendo éxito en este nuevo contrato social, con modelos colaborativos, como el teal o las empresas liberadas, se basan en personas que son capaces de superar sus miedos personales, que son verdaderamente libres, y confían en que, cuando compartes lo que sabes, la suma sale ganando. En personas que tienen la suficiente plenitud para saber que todas las posturas tienen alguna parte de razón, sin dogmas, ni tienen la Verdad absoluta. Las mejores soluciones para los nuevos tiempos serán las que surjan de esa inteligencia colectiva.

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